Confieso que me costó un gran esfuerzo atreverme a afrontar ese momento. Sentía que mientras no lo viera a mi nieto en el féretro, seguiría teniendo dudas, esperando que todo hubiera sido un error y de pronto, me dijeran que él estaba recuperándose y pronto volveríamos a tenerlo con nosotros. Pero no fue así, y tuvimos que enfrentarnos con la ineludible realidad de la muerte.
Mi nieta Luz, apenas un año mayor que Juan, y Josefina, hija de un hermano de mi nuera, de la misma edad de mi nieto, lloraban desconsoladamente, cada una en un rincón, solas, estremecidas por el inmenso dolor de haber perdido a su primo adolescente. Estuve abrazada a con ellas, llorando juntas, pero tuve conciencia de que ambas se hallaban sumergidas en un estado de aislamiento total, donde no había más espacio que para su propio dolor y ya no podían aceptar consuelo alguno.


El amor de estos chicos se percibía como algo tangible, el dolor y el desconcierto por la pérdida del amigo era conmovedor. No pude evitar agradecerles este homenaje, segura de que mi nieto estaría sonriendo al verlos y escucharlos... si pudiera creer que existe un cielo, un paraíso, un lugar donde los seres buenos y puros como Juan pueden transitar después de haber abandonado este mundo.
En el trayecto al cementerio parque Los Pinos, el cortejo se detuvo ante la Basílica de Luján, para que un sacerdote diera su bendición. Entonces, me pregunté, cuál fue la bendición divina para mi nieto, que se vio obligado a sufrir tantas limitaciones y dolores a lo largo de su breve vida, para luego morir maltratado por las manos de quienes se atribuyen la representación divina en nombre de una ciencia médica cruel y despiadada. Estaba enojada con los representantes de la religión y con los médicos, aún sigo sintiendo lo mismo que entonces y no creo que vaya a modificar mi modo de sentir en el futuro.
Mi nieto pasó brevemente por el mundo, pero dejó grandes y profundas enseñanzas y un formidable ejemplo de valor, de generosidad y de fortaleza para sobrellevar las pruebas que tan injustamente le dio la vida.
Sus amigos, compañeros y maestros, siguen recordando continuamente anécdotas que dejan retratada su forma de ser y confirman el lugar que supo ganar en sus corazones.
Me alegra haber sido su abuela, que me haya amado, que haya compartido tiempo conmigo, que hayamos jugado y reído juntos, pero sobre todo, saber que soy mejor persona gracias a lo que él me enseñó con su silencioso ejemplo y su sonrisa dulce y serena.
Durante muchos años en mi vida fui "la señora de...". Luego, por años, he sido conocida como periodista y escritora de Luján. Pero todo esto ha pasado a ser recuerdos. Mi mayor motivo de orgullo es que soy la abuela de Juan y, aunque él se haya ido, seguiré siéndolo mientras tenga vida.